El Córner de Matamoros. Blog de Manuel Matamoros

Sin salir de su portada, Joc Privat [JP 283] nos señala el camino. Del discurso de Manuel Lao en el último congreso de COFAR, escoge las palabras que me sirven de titular. Reinvertir en el sector, pensando en innovación. Continuamente. Incesantemente. Reinvirtamos en innovación. Si desde la revolución industrial ha sido condición de la supervivencia empresarial, en el presente es urgencia.

Revolución industrial. La cuarta. En Davos, Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial, advertía que estamos a punto de ser arrastrados por un tsunami tecnológico que cambiará el mundo en que vivimos de forma que aún no podemos imaginar. Es lo propio de la cuarta revolución industrial: el elevado grado de incertidumbre sobre la dirección que tomarán las cosas. Algo parece meridianamente claro: la mitad de los empleos industriales que hoy conocemos desaparecerán. Se crearán otros, sin duda, que no somos capaces de sospechar.

No es un proceso de cambio para un siglo. Se está produciendo ahora y se consumará en las dos próximas décadas. Y cuando la sociedad se reajuste, cuando absorba las nuevas realidades por su inherente tendencia a sobrevivir como sociedad, tendremos menos trabajo —no necesariamente menos empleo— y más tiempo libre. No parece, en principio, un mal escenario para la industria del juego. ¿Se parecerá a la que conocemos? En páginas interiores, Joc Privat recoge las reflexiones de Frank Seninsky, de AMOA, sobre el desinterés de los millennials por el juego y cómo la industria de casinos norteamericana afronta este fenómeno con lo que de momento parecen palos de ciego. No todas las alternativas llevan al éxito. Innovar, claro, no es necesariamente acertar. Pero no innovar es, necesariamente, equivocarse.

En España, lentamente, los reguladores van impulsando modelos normativos que reservan al empresario el lugar que le corresponde en la definición del producto. Apuestan por regulaciones que facilitan la innovación. Hasta ahora la impedían. Con el general consenso, olvidarlo es engañarse, de una parte nada desdeñable del empresariado de juego. Esa que siempre ha visto la innovación como una amenaza y ha contribuido, con entusiasmo militante, a castrar cualquier proyecto normativo por cuyas holguras pudiera colarse sin su venia.

Ha llevado muchos años cambiar la querencia a la micro-regulación obsesiva de todos los detalles del juego. Hay que reconocer a la Dirección General de Carlos Hernández su influencia benéfica en el cambio de tendencia. Desde Barcelona, en la cumbre de Euromat, lo anuncia Fernando Prats quien, en mi opinión, lidera intelectualmente esta postura: «En la Comunidad de Madrid defendemos que el regulador establezca un marco y los empresarios del Juego desarrollen aquello que estimen más interesante para los jugadores». Así sea. Y la inversión en innovación se multiplicará.

Libre competencia... autonómica, digo.

Absorto en la crónica que Joc Privat nos hace del último congreso de COFAR, casi me pasa desapercibido que, en el Casino Gran Madrid Colón, RETA ha abierto su primer córner de apuestas en la Comunidad de Madrid «preludio de otros solo pendientes de autorización administrativa». Enhorabuena a la firma vasca por tan brillante primer paso en un mercado de juego tan potente como el madrileño. Kirolbet, mientras tanto, se expande por los salones de la Tierra de Barros, en los confines de España con Portugal. Brindo, pues, por el éxito de la otra firma de apuestas genuinamente vasca en su misión de conquista del mercado de apuestas de esta tierra de conquistadores.

Ya puesto, me gustaría dar la enhorabuena a Sportium por abrir un córner en el Kursaal de la preciosa capital donostiarra, o a Luckia por expandirse en los salones del verde Duranguesado. Si ese día llega, o para que llegue ese día, antes tendré que haber dado la enhorabuena a la Comunidad del País Vasco por derogar su extravagante regulación de las apuestas deportivas. O al menos esa norma de complicada justificación técnica que limita a tres el número de operadores a los que se puede autorizar la organización de apuestas presenciales en Euskadi.

¡Por fin, Carlitos!

Durante años escuché a Carlos Castillo-Olivares quejarse de la cantidad de cartón que estúpidamente se tiraba en las «bingdata» de Canoe, el bingo que creó y supo llevar a la cima de las salas de España. Los jugadores de diez series, que en los años dorados atiborraban el altillo de la Castellana, los usaban como posavasos para los scotch on-the-rocks que premiosamente paladeaban. Después de cada partida, los cartones se recogían sin usar y se mandaban a la destructora de papel. La tecnología era uno de los sospechosos habituales de los reguladores de la época y la cosa tenía mala solución. El Bingo Canoe, recordaré aquí, tuvo que ganar al Estado un contencioso, de millonaria indemnización, para anular la caprichosa supresión del juego asistido informáticamente que había decretado un director general al uso, con el principio de seguridad jurídica puesto por montera.

Cuando se homologuen los sistemas de bingo dinámico, no habrá «bingdata». Cualquiera que conozca los fundamentos y la normativa del juego no se extrañará. Vería aquellos entrañables aparatos como una anomalía conceptual. Me llega, sin embargo, que hay empresarios quejándose de una agresión gratuita a los usos y costumbres del jugador top. Nada más lejos de la realidad. El jugador —jugador— de «bingdata» no mira sus cartones para otra cosa que inscribir el primer número de la serie en el dispositivo. Seguirá con sus tradiciones, adaptadas ahora al soporte de un tablet o un terminal de bingo electrónico y a las opciones que estos le faciliten. Atento, como hasta hoy, a la información gráfica que proporcione la pantalla sobre el curso de su apuesta. Habrá, eso sí, que proveerle de otro posavasos para el scotch.

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